Más sobre Salvador Lecuona   por José María Segovia Cabrera

 

 

Me gustaría añadir algo al entrañable recuerdo que el jueves 22 dedica el “Buenos Días” de Florilán a la memoria de un querido amigo, como fue para mí, a partir de los 40, Salvador Lecuona. Eran duros aquellos años posteriores a nuestra contienda, años agravados con el fin de la Guerra Mundial, que significó para nosotros un aislamiento del resto de los países del mundo. De ser Canarias un territorio privilegiado en su comercio procedente de todas las partes del mundo por su condición de puerto franco, sin contacto apenas con la Península, se pasó a una dependencia total de ésta, agostada por tres años de contienda, y todavía recordamos los que por aquellas fechas íbamos a estudiar a la Península, cómo se detenían a nuestros barcos al llegar a la proximidad de la costa española, y los llevaban a Gibraltar, subían los militares ingleses a nuestro barco y se revisaban nuestros equipajes en busca no sabemos exactamente de qué.

 

Pero la penuria era muy alta, y el uso de alpargatas era casi total, sobre todo en los soldados del ejército. En el tenis jugado en pista de cemento o de tierra, el desgaste de las suelas es tremendo, y la calidad de las entonces disponible era ínfima, con lo que no duraba nada el calzado empleado. El uso de alpargatas o sandalias se hizo general, ya no se podían comprar los tenis en el suministrador habitual que eran los Almacenes Bata de la calle del Castillo, que cesaron de recibir mercancía desde nuestra guerra y hubo que buscar sucedáneos. El caso de Salvador era más grave aún, ya que el tamaño de su pié hacía que no pudiese acudir al mercado habitual y tenía el hombre que hacerse sus zapatos, no ya las alpargatas, a medida.

 

Salvador aprendió a jugar en el Tennis Club Bethencourt del inolvidable doctor Manuel Bethencourt del Río, casado con la señora inglesa Missis Dolly Thomas y que vivían en Enrique Wolfson. El club Bethencourt fue una institución en la introducción del tenis en Tenerife al mando siempre de D. Manuel, un médico excelente, de amplia formación cultural. Se reunían en aquel club de tenis jóvenes de muy diversa nacionalidad, y entre los mayores de esos jóvenes estaban los hermanos Ahlers, los hermanos Muñoz Reja, los hermanos Baudet, así como cónsules o empleados de los consulados de países europeos (recuerdo especialmente a los Nore, de Noruega) y jóvenes de Santa Cruz que bajo la dirección de D. Manuel, aprendían tan exótico deporte, donde entonces era obligado el vestir de riguroso blanco, y los hombres jugaban con pantalón largo.

 

Era un hermoso plantel de jóvenes de ambos sexos y entre las chicas cabe mencionar a las hermanas Keating, a Nena Cañadas (que fue campeona de Canarias), a Pili Sobrón, Lolita Gorostiza, las hermanas orotavenses Fernández Ponte y tantas otras, y entre ellos a Ricardo Keating. Los hermanos Sobrón, Alan Nelly (el hijo de Dolly Thomas) y Joe Hamilton. Y a ese grupo se unieron luego Alberto Luque y Salvador Lecuona, que ponía siempre (el Lecu) especial atención al juego que desarrollaban los mayores, como ávido es aprender un deporte para el que tenía condiciones especiales como luego se vio, cuando llegó a ser indiscutible campeón de Canarias. Por aquella época andaba el hombre ennoviado con Elena Torres, con la que acabó casándose, siguiendo siempre, además, con sus aficiones de palomas.

 

Ya en el año 42 se inauguraron las pistas de tenis del Club Náutico, con lo cual nació una especie de rivalidad entre conjuntos de jugadores, donde en el Club la voz cantante la llevaban Ernesto Haffner, maestro de cuantos jóvenes pasaron por aquellas canchas en contraste con las del Bethencourt, entre jardines, canchas de tierra, de polvo del ladrillo en un principio, aunque luego pasaron a cemento. El comienzo de Salvador Lecuona fue, por tanto, en el Bethencourt Tennis Club, que la urbanización de la exclusiva zona de Las Mimosas y Enrique Wolfson se llevó un mal día por delante. No creo que Salvador tuviese muchas ocasiones de jugar en las canchas de Mendez Nuñez, que se clausuraron tan pronto surgieron las del Náutico y otras que fueron apareciendo en hoteles de toda la isla, canchas de Mendez Nuñez que terminaron siendo la base para pisos de residencias militares.

 

De aquel tiempo era también otro excelente jugador y, según decían, magnífico compañero de juego en los equipos mixtos, Enriquito Casariego, el hermano pequeño de los hermanos Casariego y el primero de ellos que nos dejó en plena juventud en un desgraciado accidente de coche. Enrique, al que llamábamos “El lapi”, pues era delgado y alto como un lápiz, no solo era excelente jugador de tenis, sino también nadador, magnífico saltador de trampolín, consumado bailarín y simpático como ninguno. Salvador Lecuona y Enrique Casariego, pioneros de un deporte que entonces se reducía en el aspecto de competición a la rivalidad con Las Palmas a donde se iba a jugar a las canchas del Hotel Metropole, y a la visita que solían hacer en el verano los componentes del club de tenis Turó de Barcelona, con lo que abrieron las puertas para una lucha deportiva con la Península, entonces, cuando aún los aviones no llegaban a Canarias de manera permanente y continua y el desplazamiento más usual era en barco.

 

Han pasado más de 60 años desde entonces. Quizás los recuerdos no sean muy exactos, que el tiempo nada perdona, pero, en todo caso, me ha emocionado el dedicado a Salvador Lecuona y ese recuerdo me ha hecho rememorar muchos otros que he tratado de trasladar a ustedes como reflejo de una época ya ida para siempre.

 

         Volver a Pag. Principal